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miércoles, 9 de mayo de 2007

EL HOMBRE ARAÑA








EL HOMBRE ARAÑA



Por Alfredo Arrieta Ortega.


Historia basada en un ser contrahecho que deambula por los andenes y escaleras del metro Tacubaya en la ciudad de México.


El hombre araña, no es en este barrio populoso de la ciudad de México el personaje rojo-azul, el héroe trepador de edificios de los comics norteamericanos. Si embargo este, debería ser héroe, pués quién como él, lucha con todas las adversidades en contra.
Sin embargo el mote de este hombre, el de mi relato, puede advertir que se lo puse al dedo, porque digamos que cualidades similares las poseen estos dos sujetos. Lo de araña, es simplemente por su forma de locomoción, se arrastra limpiando el piso, su figura se dibuja a través del mármol rectangular y violeta.
No se sabe a ciencia cierta hacia donde se dirige, no posee ningún trabajo, es más, no se sabe que pida limosna apoyado como lo hacen otros muchos en sus aspectos deplorables. Su cuerpo lo cubren harapos y babas constantemente. Su cara es filosa, no presenta barba, sus ojos: dos capulines inexpresivos, tristes, sí es que este puede saber lo que es tristeza. Nadie, nadie se percata de su presencia hasta que su cuerpo de araña pasa rozando los pantalones de los justos y pecadores. Nadie le echa la mano. ¿ Quién puede tendérsela a un idiota? . Yo lo ví uno de esos días en que me hallaba despreocupado. Doblé la esquina particular, y de golpe me encontré con el. La primera impresión fue fue de repulsión absoluta; después me lo fui encontrando a menudo.

El hombre araña, se mezcla entre los pasajeros, todos lo miran, todos lo ven con asco, otros se asombran de sus forma poco usual de desplazarse, parece gusano humano, parece araña de dos patas. Su ojos negros parecen ignorar lo que ocurre, pero siempre están a la espectativa de que alguno lo vaya a atropellar, de que un despistado le pise la mano; y ¡ ay carambas ¡ , porque el hombre arremete con furia, quítate pinche loco¡, dijo uno, ¿ vámonos hija ¡ exclamó la ñora. El hombre araña le jalaba los pantalones y decía: culeros, culeros...

Nunca lo he visto pedir dinero, además nadie se lo da, nunca lo he visto suplicar la misericordia del pulcro, además dentro de su estupidez, es orgulloso y altanero.
Una noche lo seguí, y me cuidé de que me viera, salió del metro, tomó un camión, bajó en una calle empolvada, arrastró su humanidad y llegó a ese agujero, a esa cueva existente en la Álvaro Obregón. Vive en una cueva ¡, vive en una cueva, ya sé el porqué de mi mote. Así viven las arañas, en hoyos oscuros, sin música, sin muebles, sin cama, sin confort y sin comida, protegido por el manto de su telaraña; Excelsiors y Novedades.

Nació de milagro; he de suponer, después de un parto prematuro. Su barrio, al sur de México, le vió nacer en medio de los más negros presagios. Su padre, le heredó el mal congénito; este bebía para olvidar.. Nunca le importó que pudiera gestar un engendro grotesco y prieto. La comadrona llegó de prisa a ese cuartucho olor de orines, piso de tierra, cama de alambre, húmedad despiadada. ¡ Traigan agua caliente , trapos limpios, alcohol, ¡ de prisa ¡ señoras...


Las demás se hacían bolas al cumplir la orden de la experta. La mamá de este nuevo chico comenzó a quejarse de extraños dolores abdominales, se retorcía en el catre, y no acertaba que hacer. Sin embargo su queja, su lamento, se escuchó a través de esa noche quieta de 1964.

El Majestic anunciaba a gritos y entre tropeles, la hora de Pedro Infante, y al compás de amorcito corazón yo tengo tentación de un beso, el hombre araña llegó en directo. Las mujeres no salían de su asombro primario, ninguna lo expresaba con morbo, todo lo contrario, se mostraban apenadas por el aspecto que mostraba el pequeño ser humano. Solo una de ellas alcanzó a balbucera ¡ Dios bendito ¡ , y volteaba la cara que para ese momento ya mostraba rasgos de miedo. El hombre araña mostraba una figura poco ortodoxa, su cara semejaba un gran pambazo en cuyo interior se descubrían unos ojos sin expresión alguna, mostrando los vidrios ( sus ojos ) una babosa mirada. Sus cejas negras, dos azotadores nocturnos, sus labios leporinos pero bellos, su boca grande, sin embargo babosa, emitía una discreta baba desde el mismo momento de su nacimiento . Pero la calamidad no era necesariamente los rasgos tradicionales de su cara sino sus largos brazos; dos hilos de carne velludos, pero uno más grande que el otro, desprovisto de dedos, el brazo derecho. El izquierdo, se podía mirar, faltábale el dedo pulgar, y el meñique. De su demás cuerpo que puedo decir; las piernas se hallaban enredadas entre su torax, como si fueran de trapo; de un títere mopet.


Material de archivo de Alfredo Arrieta Ortega.
México.
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alfredoarrieta@terra.com.mx




7 de mayo de 1987.