HONDURAS DEL VASO



Honduras del vaso


El rumor se hizo una bola de palabras, de anécdotas y de otras cuestiones. Alfredo Zitarrosa bebía alcohol, preferentemente whisky, de manera compulsiva. Algunos proyectaron la imagen de alcohólico para sacar partido. Por razones seguramente ideológicas, de cariz político, había que potenciar algunos de los caracteres del cantor de milongas. Y la noticia se expandió, pero sin mayores incidencias. Nada ni nadie empañaría una trayectoria artística que estuvo pautada por el respeto, el profesionalismo y la capacidad de entrega sin pausas.
Los asuntos de Zitarrosa con el alcohol eran ciertos, y ya es como una tradición —no importa si mala o buena— que los músicos populares beban más de la cuenta. El Uruguay, en sí mismo, es un país que se permite el exceso de alcoholizarse. (Hay gente, por ejemplo, que vive ebria de poder). Así que no sorprendía demasiado que Zitarrosa bebiera o hiciera el amor con alguna Stephanie o le cantara a la revolución o a Doña Soledad.

Pero sospecho que la gimnasia de beber, en Zitarrosa o en alguien anímicamente casi simétrico como Dylan Thomas, respondía en realidad a esa sensación de nowhere man, de urdimbre metafísica que en cierta medida nos aturde a todos. De ese aturdimiento del hueso asomaba el otro, el de graduación alcohólica.
El alcohol, en algunos individuos, es una mera celebración lúdica. Sospecho que en Zitarrosa, al beber, se producía ese cortocircuito que tan bien describe, a modo de pregunta sin respuesta, un verso de Washington Benavídes cantado por Darnauchans: "¿Para qué te hicieron hondo, vaso, dime para qué?”.

La excitación del alcohol, en ciertos casos, profundiza el yo particular. Y empieza la expectoración de dolores, la confrontación del mundo interior con el mundo exterior, el debate consigo mismo hasta poner en rodaje los mecanismos autodestructivos. Ya he señalado, y no es novedad para nadie, que Zitarrosa era un hombre solitario. También era un ser autodestructivo, posiblemente residuo de las dudas que lo aquejaban. ¿Un nuevo crucigrama de acento shakespereano? Cuando lo conocí, en el marco del Festival de canción popular organizado por el Grupo Cantando en la ciudad de La Paz, Canelones, me impresionó en primera instancia la imposición de autoridad que trasmitía con sus reflexiones o sus ademanes. Difícilmente reía, y un aire de gravedad, de mar oscuro lo definía de pies a cabeza. La fascinación ingresó por el lado del individuo que se resiste a dejar traslucir sus propias miserias o dudas personales.


Todos convivimos, querámoslo o no, con miserias que nos van alejando o acercando, no lo sé, de esa metáfora en el aire que denominamos felicidad. Quien no lo asuma, pues, se convertirá en un alien o en un prototipo de hojarasca muy parecido a la simulación.
Zitarrosa, desde el fondo de sus desolaciones, y esto es muy visible en el cuerpo de sus canciones, estaba a la búsqueda de la felicidad. La felicidad es una utopía y Zitarrosa fue un utópico, ya lo mencionamos. Y es que, en definitiva, la búsqueda de la felicidad supone —sin paradoja— la búsqueda del sentido del mundo. En esa dirección, Zitarrosa fue un traveler que, acodándose sobre mostradores, dubitativo, con la autoridad del tímido, esperó desesperadamente el arribo de la utopía. Tuvo que marchar al exilio, primero España, luego México, y se fue descarnando hasta caer en la multiplicidad de los abismos. El abismo depresivo y el abismo de la lejanía. Soledad, ahora, de hombre sitiado. Las dudas, para el cantor de Guitarra negra, se volvieron escorpiones.

Aislado, distanciado de los sitios que habían generado toda una poética, Zitarrosa estuvo al borde del suicidio. Los polos autodestructivos funcionaban a full y lo peor: no tenía forma de expulsarlos.
Pero el hombre, pese a todo, volvió a casa. Recibió, a su arribo a Montevideo, el calor y el fervor de quienes habían creído generosamente en el regreso. Para ellos, en una noche glacial, de llovizna irritante, cantó en el Estadio Centenario en el otoño de 1984. Hubo un apagón de casi una hora que interrumpió el espectáculo, pero la luz se hizo y Zitarrosa tensó el aire con su "voz de otro”.
La gente, una vez más, cumplía el ritual de llevarse al cantor puesto en sus entrañas.


Fuente : Zitarrosa la memoria profunda

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