ROBERTO DARVIN. SABOR, SILENCIO Y EMOCION
FONOGRAMAS
ROBERTO DARVIN.
Por Guilherme de Alecar Pinto
19 de marzo de 2010.
Sabor, silencio y emoción
LA VERTIENTE DE “canción protesta” del folclorismo uruguayo de los sesenta fue mucho más amplia, creativa y variada que lo que se suele reconocer. Roberto Darvin no alcanzó la proyección y el desarrollo de algunos de sus compañeros más famosos (Los Olimareños, Zitarrosa, Viglietti, el Sabalero), quizá por ser un cantante menos destacado, o por haber madurado un poco más tarde, o por haber emigrado antes. Su producción es históricamente menos notable, pero su estilo no es menos personal que el de los colegas citados, y extiende una punta más en la estrella estilística de ese movimiento uruguayo tan excepcional en el mundo.
En aquella barra muchos hicieron candombes, pero él fue quizás el único que lo hizo desde una compenetración con la cultura del tambor, la cual, a su vez, aceitó su vinculación con influjos caribeños. Nunca diseñó música para bailar, pero el baile se delinea con claridad en su guitarra pícara, maliciosa, muy rítmica, y es asunto frecuente en sus textos.
Para este disco nuevo* armó una personalidad sonora basada en una pequeña cantidad de músicos e instrumentos, que tocan de a dos o tres o cuatro en cada surco, todos estrictamente desenchufados. La guitarra de Darvin siempre es el centro, y a su alrededor puede surgir el timbre bolichero de la guitarra de Toto Méndez, o una guitarra con cuerdas de acero (Quique Cano o Pitufo Lombardo), contrabajo (Cano), percusión (Pitufo), piano o acordeón (Hugo Fattoruso). El aire es rústico, asociable al color madera, tierra, pasto, pero es una rusticidad acogedora, cómoda, sentimientos que se acentúan por el intimismo como de entre casa. Es muy fácil imaginarse “La escoba” tocada por bruta orquesta cubana, y arrasaría, pero aquí tenemos nomás el dúo de Darvin con el acordeón de Hugo, haciendo una mímica completamente autosuficiente y gozosa de lo que haría esa orquesta potencial (y también arrasa).
La alternancia de posibilidades instrumentales –aunque éstas son reducidas– da al disco una variedad muy grande, y quizá una personalidad aun más fuerte que la del anterior Cantor de aquí (2002). Musicalmente hay un amplio espectro para apreciar: ese recitado que abre el disco, en que Darvin se presenta como una fusión de payador, tanguero, candombero y rapero; los momentos de “Banderas y estandartes” en que las guitarras tejen una base rítmica increíble sobre un solo acorde, piso ideal para inspirar otra intervención mayor de Hugo, ahora al piano; ese entramado de guitarras que concluye “Manos llenas” (un homenaje al tambor en el que no se oye ningún tambor).
El amor por el ritmo, además de sonar, se dice, en combinación con el canto sensual a placeres diversos: “Tiene su ritmo el vino/ lo tienen las vendimias,/ las lunas/ y las podas. (...) Es un milagro antiguo/ que ilumina dos tercios de la copa/ y el tercio que le falta/ no es vacío:/ allí guarda el aroma la noticia/ que viene llegando un buen amigo”. No son placeres superficiales de una alienación histérica, al contrario: “El vino lleva siempre a encontrar el recuerdo/ si se busca el olvido”. Como que Darvin, cuando mira las cosas, les ve una historia, ancestros, trasfondo, un alma, si se quiere. La melancolía y el dolor, por lo tanto, a veces se entreveran, como en ese cuento de barrio que cierra el disco, en que el narrador dice que amigos de la comparsa buscaban una vedette y él se acordó de una muchacha linda y que bailaba bien (quizá una prostituta), pero se entera de que se fue a Italia y nadie la volvió a ver. Darvin se desempeña bien tanto en una poesía más discursiva, con finas rimas y riqueza de ideas, como en esa otra veta, más específicamente letrística y vinculada al goce de la sonoridad y de la expresión sintética (como en Rada): “Lo nuestro se terminó/ sin que nos diéramos cuenta/ ni yo ni tú/ ni tú ni yo/ yo por ti muero/ tú por mí no”.
Quizá en el auge de la producción de Roberto Darvin, este trabajo es un regalo de bellísimos textos, músicas, interpretación e inspiración vital.
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* Vamos bien, Ayuí, A/E 346 CD, 2009.
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